lunes 3 de agosto de 2009


lunes 20 de julio de 2009

Texto de Ludmila, ilustrado por Mariano Lucano


¿Cómo te fue con “La Brasilerita”? Era la pregunta que le quería hacer a él. Pero no podía porque él está en Brasil, en la misma ciudad de la Brasilerita, para un congreso.
La conocimos porque era una amiga de una amiga de él. Era preciosa y lo sabía. Era una perra, y no lo admitía. Perra y preciosa son dos cosas distintas, que juntas son como fuegos artificiales. Lo se porque yo soy una de sus posibles combinaciones. Por eso, cuando la conocimos sentí la competencia y la dejé que tire de la piolita, esperando en algún momento poder hacerle ver, a ella, que yo no quería competir con ella. Pero ella no lo entendía y cambiaba su actitud sensual respecto a él cuando yo aparecía. La cortaba, no la tenía conmigo.
La invité a casa y por supuesto nunca vino.
Las mujeres entre nosotras tendemos a la competencia. Yo no compito. Soy otra “cosa”. En relación a ella yo compito con él. Com-pito. Con-pito. Soy una ridícula.
Después, como ella había venido a estudiar algo relacionado con mi profesión, él le ofreció mi ayuda. Con ese ofrecimiento constaté que se maileaban y me dio celos. Igualmente acepte gustosa (¿cómo no hacerlo?).
Ella, primero me pidió que le hiciera el recuperatorio de un parcial mientras ella estaba en Córdoba de vacaciones. No accedí, pero la ayudé un poquito. Tal desfachatez adolescente casi me indignó. Esa indignación aumentó hasta llegar al enojo cuando ella, con su inocente perrez llegó a llamarme por teléfono porque le dolía una uña. Quedé/tomé el rol de madre sin tener hijos.
Mientras, él probablemente se la garcha en Brasil, donde nos íbamos a ir de vacaciones juntos antes de que nos robaran el auto y haya que ahorrar para comprar uno nuevo.
Acá estaba yo ahora, leyendo un mail de ella en el que me confirma que están en la misma ciudad y al mismo tiempo. Un mail en el que casi parece que me está avisando.
Pasé parte de la noche en vela pensando en dónde estaban puestos mis celos, qué era lo que me daba celos. No podía creer que él no estuviese caliente con ella. Yo estaba caliente con ella. ¿Cómo no estarlo? Una brasilera hermosa de no más de 25 años, boca carnosa y un culo perfecto. Su piel oscura y la sensualidad inocentona de la juventud.
Yo estaba celosa de él, porque él sí iba a tener la posibilidad de estar con ella. Ella era un trofeo que yo quería para mi vitrina imaginaria.
Antes de que él se fuera a Brasil le había dicho que estaba celosa porque él iba a estar en la casa de ella allá en Brasil y yo no. El se rió y me dijo que ella tenía novio. ¿Y qué me pregunto yo ahora? Mi amor por él no cambia si él está con ella. Mi amor por él de algún modo aumenta si él está con ella y después de eso me elige a mí.
Compito con él porque en este mismo momento me maldigo por no poder estar con otro. He tratado, pero no puedo, me termina dando asco.
Quería que cojan, solivianté el encuentro cada vez que hablé o me mailié con ella. Me debatía entre pensar en todo eso y que eso era verdad, o entre que eso que pensaba era la manera de justificar que estaba celosa de ella. Creía que yo no creía en la monogamia.
Decidí irme a dormir. Mañana sería otro día. Mañana llegaba él, pero mañana yo no iba a estar porque había quedado ir a pasar el día a la quinta de unos amigos. Mejor.
Cuando volvió a Buenos Aires yo estaba en la quinta. Volví a la noche tarde a nuestra casa, él se había levantado hacía un ratito de la siesta. Estaba dormido, cansado y contento. Me contó todo lo que hizo y lo bien que le fue en el congreso. En ninguna parte de su relato aparecía “La Brasilerita”. No aguanté la intriga y le pregunté. Se rió mucho de mi pregunta y me contestó que él ni sabía que ella estaba en San Pablo, que no se vieron.
Nunca sabré la verdad, pero si aprendí y recuerdo con un sabor amargo el no saber si el Trofeo quedó en “casa”, es decir en nosotros.

miércoles 17 de junio de 2009

María Baylac ilustra a Adrián Haidukowski


Vestirse es un arte y nadie mejor que ella para entenderlo. Es un día cualquiera o tal vez no, tal vez es el día más importante de la vida. Vestirse es un arte y nadie mejor que ella para entenderlo.

Desnuda a contraluz, delante de enormes placares blancos que hacen de su forma un perfecto sueño. Sus pechos redondos señalan la ropa que va a usar. Hay tanta y de tantos colores pero solo ella sabe que corresponde al día más importante de la vida.

Olerse la axila para comprobar que no es necesario bañarse. La bombacha del día anterior no molesta. Le da más realidad a todo. Es negra, diminuta, con cintas que aprietan la cintura, y hacen de la cola una manzana dulce, de piel brillosa. Una camiseta negra sin mangas es la base para comenzar, a partir de ahí las elecciones están dadas.

Ella ya sabe que va a usar, ella sabe como va a lucirse. Sabe a dónde va. Podría preguntarle pero arruinaría el momento. Con que ella sepa es suficiente. Vestirse es un arte y nadie la interpreta mejor.

Una calza de estreno, una calza de encaje comprada en un negocio de alta costura. Dicen que es la nueva moda pero como no sé nada de moda no podría asegurarlo. Primero una pierna… el sonido de la tela al rozar con la piel es parecido al de una caricia. Y la calza sube despacio por la pierna derecha, muy despacio. Después la izquierda. Debajo se transluce la bombacha negra, ahora más escondida y perfecta. En mi mirada libidinosa la mirada de millones de hombres que amamos su personalidad.

Por primera vez el espejo es protagonista. El espejo muestra lo que hace falta mostrar, el maldito espejo que es fiel en su mirada. Que no miente. Que no ama.

Observar de un lado y de otro, la calza ajustada sostiene muslos carnosos, de un lado y del otro, la elección sigue su curso.

Afuera hace mucho frío, los días más fríos del año según el diario. Afuera la gente camina sin gracia, en silencio, esperando que algo les ocurra. A muchos ella será lo mejor que les pase en el día. A mí es lo mejor que me pasa desde hace dos años y medio. No sé cuánto más me pasará. Ella no está contenta conmigo y tiene razón. Yo no soy bueno para vestirme.

El negro es la elección obvia para los días fríos, sin embargo cuando ella se viste de negro no es lo mismo que cuando los demás lo hacemos. En ella el negro recorta una figura de esfinge, y cuando camina el negro queda marcado en los ojos de todos.

Arriba de la calza, sobre la camiseta negra sin mangas, sobre su axila olorosa, un pulóver largo con cuello alto. No sé como llamarlo, no sé si es un vestido u otra cosa. De todas maneras, es ideal para el día, para el día que viene. Uno más o el más importante.

Otra vez el espejo le sonríe, odio al espejo por muchas razones, lo odio porque ella lo mira fijo y se observa feliz, lo odio porque ella no me mira, no me mira más como solía mirarme. Y aunque no sea culpa del espejo, lo odio.

Medias marrones que no se ven porque arriba van botas. Primero toma de un estante un par de botas grises, cortas, se las pone y suena el teléfono. No es un buen momento par el teléfono. Es para mí, pero yo estoy concentrado en otra cosa así que le digo que llamo más tarde. Ella sube ofuscada, sabe que la observo pero no sabe por qué. La observo porque me gusta así como está, tan ideal, tan buena, tan comible.

Pero la botas no son correctas, no, no, no. Yo creí que eran perfectas pero no. No son las correctas. Mejor unas negras, para mantener la homogeneidad de la situación. Si hasta imagino los titulares de mañana: Diez hombres infartados por mujer vestida de negro que caminaba despreocupada.

Y entonces cambiarse las botas.  Primera sacarse las grises… y en ese pequeño acto de quitarse las botas toda la sensualidad de una verdadera fiera salvaje. Puedo ver sus calzas, llego a ver la bombacha oscura entre las piernas… y a pesar de que ya la vi, de que ya la vi desnuda, de que ya vi todo, ese pequeño movimiento me excita más, mucho, demasiado.

Podría decirle algo, decirle mil cosas, pero no soy bueno hablando. Ella lo sabe y no lo soporta. Mi silencio lastima. Mi necesidad de silencio lastima. Puedo observar una pared y reflexionar sobre el mundo. Pero mi silencio lastima sino está encauzado. Y no estoy encauzado.

Ella ya tiene puestas las botas, está lista para la calle, para el mundo. Su oscuridad es mentirosa, brilla como nadie. Una campera gris solo para abrigar un poco. Pero es un detalle que podrá quitarse en el lugar correcto.

¿A dónde va? Ella sabe, es suficiente. Ella sabe todo. Yo me quedo con su recuerdo, con el aroma, con su cuerpo. Podría masturbarme pensando en ella, es lo que hago desde hace mucho. Solo pienso en ella, en lo bueno y en lo malo, en lo real y lo profundo, en cada detalle de nuestras vidas y mi cerebro me hace pensar. De vez en cuando lo hace. Y pienso, pienso tanto que ella se escapa. Una vez más se escapa. Le digo que me gusta verla vestirse, ella quiere sonreír, le gusta lo que le digo, pero está enojada y tiene que demostrarlo. Su mirada dice: estoy enojada con vos. Dice mil cosas más que ya me dijo antes. Que ahora no importan porque yo disfruto observándola, disfruto escuchando sus pasos bajando las escaleras, disfruto el sonido de la puerta abrirse y cerrarse. Podría quedarme en estado alfa esperando que vuelva.  Para disfrutar el sonido de la puerta abriéndose, de sus pasos subiendo las escaleras, de su voz preguntando si estoy. Sí, estoy, acá estoy. ¿Y qué estás haciendo? Va a preguntarme después, nada, voy a decir yo con mi tono depresivo, nada, no hago nada. Y digo eso porque me da un poco de vergüenza decir que te estaba esperando, que estuve haciendo eso todo el día, esperando tu llamado, esperando tu cuerpo, esperando que sea el momento de sacarte toda la ropa que te pusiste, solo para observarte. Porque me gusta mirarte, me encanta observarte en todos lados, me encanta observarte durmiendo aunque corra la mirada cuando te despertas. Mi cerebro se queda como vacío, está como vacío, pensando cosas que no van a pasar, pensando cosas que no pasaron y por qué no pasaron, y mirándote a vos, que sos presente, sos realidad y futuro, puedo darme ese lujo cuando estás a mi lado.

lunes 15 de junio de 2009

Una noche en Sodoma por Adrián Haidukowski




Mientras la china baila en el caño y un borracho pelado se siente una estrella de rock en su campera de nobuk crema, se acerca a nosotros Fiorella. Veinte clientes en una semana, se jacta. No es linda pero sí simpática, en los brazos desnudos signos de buen comer o de mal entrenar. En seguida le decimos que gracias pero que queremos una chica de diferente contextura física. Entonces la vemos a ella. Una rubia alta, falsa estrella de holywood que baila y pierde el equilibro frente a un pelado yanqui. Ella es la única que parece feliz de hacer lo que hace y por eso nos llama la atención. Llamamos al mozo pero nos dice que está ocupada, que no puede venir con nosotros, entonces, solo porque nos sentimos defraudados, le pedimos que llame a una morocha, petisa que está de pie junto a la barra.
Cuando se acerca nos dice que se llama Estrella, es la bailarina principal pero como tuvo un problema con el dueño no baila por un mes. Le creemos porque para eso existen sus historias, para creerlas. En seguida se siente a gusto con nosotros y nos dice que nos va a cobrar la mitad si pasamos al reservado con ella. Nos gusta su actitud, nos gusta su cuerpo pequeño y sus grandes pezones. Ella es sumisa y nos promete que va a hacer todo lo que querramos para complacernos. Y cuando todo parece listo. El mozo se acerca y nos dice que Isabel, la rubia de california está libre. En seguida, casi como en un acto reflejo le pedimos a Estrella que se vaya. Se acerca entonces Isabel, camina en zigzag y parece feliz al vernos. Se sienta y ya nos dice que somos hermosos, la empieza a besar a María A., la besa como si fuese la primera mujer que besa. Y lo confiesa, es la primera mujer que besa. Nos reímos porque sabemos que miente. Todavía creíamos que mentía. Nos convence de que pasemos, de que le entreguemos toda la plata si queremos disfrutarla. Y como es nuestro punto débil, lo hacemos. Llamamos al mozo y le decimos que nos prepare un reservado. Isabel y María A. se van juntas y me quedo pagando los tragos en la barra, excesivos y ridículos precios que no tiene razón de ser, pero así es el sexo pago, es caro, muy caro. Cuando entro al reservado las dos están desnudas. María A. abierta de piernas y la cabeza de Isabel hundida entre sus muslos. El pelo rubio, la montaña de pelo rubio se sacude como el de un animal en celo. Pero el único celoso soy yo, siento que ellas podrían hacer una gran pareja , podrían ir juntas por el mundo cosechando clientes millonarios, pero María A me hace una seña con el dedo. La seña es negativa, Isabel no sabe como chupar una concha. Y sí, es la primera vez que está con una mujer. Me decepciono, entonces me bajo el pantalón, me pongo un forro y penetro a la puta sin siquiera lubricarla. Tengo el pito duro, muy duro y María A. se ríe, todo le causa gracia y a mí también. Cuando terminamos tratamos de hablar con Isabel pero de cada tres palabras una es mierda y la otra mierdita. Entonces le decimos que baile, que para eso le pagamos, para que haga lo que nosotros queremos. Dirigida por María A., Isabel interpreta su mejor coreografía. Veinte minutos de movimiento con música romántica latina que no molesta. Nos importa tan poco la rubia y su falso vedetismo que nos vamos antes de que termine el tiempo. En la salida nos cruzamos con Estrella, le pedimos su número y le decimos que algún día, vamos a llamarla para que venga a bailarnos a casa.

martes 9 de junio de 2009

María Baylac ilustra a Ludmila


19 de diciembre

Viajar sola por ahora me encanta. Es la primera vez que viajo sola, sin papá ni mamá.
Ya estás hecha toda una mujercita, dijo mamá mientras preparábamos mi valija.
El vaivén del tren me mece, pero no me duermo porque por la ventana pasan el campo verde y el sol que son como un anuncio de La Lila. Tía Eulalia, cuando hablamos por teléfono, me dijo que había tenido 8 cachorros!
Rojas cada vez está más cerca y con ella los caballos, las siestas, los asados y el silencio del Tío Francisco. Rojas se acercan y yo me acerco a los cachorros de La Lila ¿Cómo serán? Me los imagino chiquitos, juguetones y suaves. El corazón me estalla de alegría.
Toda una mujercita, dijo mamá.

Ahora es de noche, llegué de tarde a la estación, con el sol poniéndose allá en el horizonte y el Tío Francisco me esperaba parado en el andén pelado y polvoriento. Cuando bajé del bagón, corrí, como siempre, a abrazar a Tío Francisco. Su expresión al verme fue entre contento y sorprendido. Dijo que estaba preciosa, toda una mujercita.
Los cachorros son hermosos y pequeñísimos, están junto con La Lila en el granero, me saltaron encima todos juntos apenas aparecí, con su energía peludita y desbordante, todo es para lamer, morder y tironerar. Solo pude verlos unos segundos y a penas tocarlos, porque a penas entré al granero Tía Eulalia gritó desde la casa que ya estaba la comida, que me fuera a lavar las manos.
Tía Eulalia no quiere que vaya al granero de noche, dijo que ahora que soy una mujercita no es un lugar para mi, pero a mi me encanta la oscuridad silenciosa de ese lugar.
Sí, dijo Tío Francisco toda una mujercita.


20 de diciembre
La mañana en el campo es hermosa, Tío Francisco me levantó, como siempre, antes de que salga el sol para ir juntos a ordeñar las vacas.
Hace frío tan temprano y las palabras se quedan en la cama durmiendo mientras nuestras manos, ya despiertas, tiran de las ubres de las vacas y sale la leche densa y calentita.
Desayunamos el pan que hace Tía Eulalia que es una delicia.
En el campo no se descansa nunca, toda la mañana afanados con cosas. Buscar los huevos en el gallinero, prestando mucha atención para que los huevos no se rompan y las gallinas no se enojen. Una gallina enojada es grande, muy grande, como si se hinchara y se le pararan todas las plumas, y su pico es certero. Lo se porque cuando era chiquita le saqué unos huevos a una gallina mientras los empollaba y la gallina me picó toda, toda. Por suerte no tuvo tanta puntería como para picarme en los ojos. Yo quedé tan asustada que no quería entrar más al gallinero, pero Tío Francisco me obligó diciendo que uno tiene que hacer lo que tiene que hacer si quiere vivir en el campo.
Por fin llegó la hora de la siesta. Tía Eulalia y Tío Francisco duermen. El sol y el silencio lo cubren todo. El granero está oscuro y fresco a esta hora. Entré y ahí estaban todos los cachorros, La Lila no estaba, seguro que andaba por la casa, a la sombra.
Me agaché y todos los cachorros corrieron hacia mí como una tromba, se me tiraron encima, me tiraban de pelo y me mordían los volados del vestido. Jugué un rato con ellos, son tan suaves.
De La Lila, ni noticias. Se me ocurrió traer leche para que tomen los cachorros, salí del granero y el sol me dejó ciega, sin ver nada corrí como una loca y entré a la casa. Sigilosamente saqué la botella de vidrio de la leche de la heladera Siam, enorme y rígida como los sarcófagos egipcios que aparecen en las ilustraciones del “Lo Se Todo”. Había un frasco nuevito de mermelada cacera que hace Tía Eulalia, también me lo llevé, junto con unas galletas de miel que me puse en el bolsillo.
Volví de nuevo corriendo y con los ojos casi cerrados hasta el granero. Primero no veía nada, pensé en que así debería ser para los ciegos la vida. Después se me acostumbró la vista, pero seguí jugando a ser ciega, manteniendo los ojos cerrados.
Serví la leche en el tazón del agua ya vacío en el piso. Los cachorros lo rodearon peleándose por un lugar para sorber como desesperados. Movían sus colas felices. Mientras tanto, saqué las galletas y fui mojándolas cada vez en más mermelada, casi sin darme cuenta me la comí casi toda y paré porque me dio una sed tremebunda. Tomé de la botella de vidrio del pico. Si me viera Tía Eulalia me mata, pensé y eso me encantó. Me encanta sentir el miedo de lo prohibido, la emoción de lo prohibido, el secreto de lo prohibido.
Con la panza llena e hinchada del calor, la mermelada y las galletas, me senté en el piso recostada en la paja del granero. Gotas de sudor como chorros corrían por los costados de mi cara y entre medio del busto, así le decía mamá, busto, pero para mi no eran más que dos protuberancias extrañas como pequeñas mandarinas recién salidas.
Me desvestí y mojé mi pelo y mi nuca con el agua para las vacas. Solo volví a ponerme la enagua, el vestido lo extendí sobre la mullida paja como si fuese una colcha y me tendí sobre él a sentir como rodaban desde mi cabeza y por mi cuerpo las frescas gotas de agua. Era feliz.
Los cachorros se habían terminado toda la leche y correteaban a mi alrededor. Nada los llenaba, parecían un enjambre. Se me fueron acercando saltarines. Dos de ellos se me metieron por adentro de la falda y me lamían las gotitas de sudor que la enagua atrapaba por entre los pliegues, era tan placentero sentir sus pequeñas lengüitas lamiéndome, eran como cosquillas infinitas. Otros dos me lamían las manos, más cosquillas. Otros dos más se tomaban el agua que caía de mi pelo y me lamían la cara, como desesperados. Era rico. Cerré los ojos y disfruté de sus lamidas que correteaban por todo mi cuerpo. Empecé a sentir más calor en la entrepierna, era como que los cachorros se daban cuenta y allí iban y lamían y en cada lamida pequeños chispazos, como electricidad, hasta que llegó una descarga enorme, como una explosión sucedió desde el bajo vientre y se expandió hasta mi cabeza. Nunca antes había sentido algo así. Extraño y placentero, una alegría distinta, muy distinta a comer caramelos o dar una vueltas en los mateos del zoológico. Un placer distinto, con el cuerpo, con el cuerpo que no es carne. Un placer desde la carne hasta el alma, hasta ese lugar en el que nos sentimos sin cuerpo, como a veces pasa en los sueños.
Me quedé dormida, ahí con los perritos y desnuda a la hora de la siesta.
No se cuánto tiempo habrá pasado hasta que me desperté sobresaltada, Tía Eulalia y Tío Francisco deberían estar preocupados. Comencé a vestirme lo más rápido que podía, pero la enagua estaba dura por el agua, los restos de almidón (mamá almidona todo) y la baba de los cachorros. No pasaba, me quedó a medio camino, entre el cuello y los hombros, trabajada, no iba ni para arriba ni para abajo.
De pronto se abrió la puerta, ya era de noche y un chorro de luz, la del farol de afuera, iluminó mi rostro. La sombra de Tío Francisco se había parado en la puerta. Se escuchó de lejos la voz de Tía Eulalia preguntando “Y…está ahí La Carlita?.” Tío Francisco abrió la boca imperceptiblemente y contestó “No, acá no hay nadie, andá pa’ las casas a preparar la cena que yo sigo buscando”. Entró al granero, trabó la puerta y agarrándome tan fuerte que no podía moverme, tapó mi boca, me tiró al piso y volvió a decir, esta vez con tono de satisfacción, “estás hecha toda una mujercita”.

domingo 26 de abril de 2009

Baby Trash ilustrada por Mariano Lucano


El hombre de mi vida.

Desde que me calzaron el tutú a los cinco años el mandato familiar fue claro: había que ser una intelectual de izquierda, o en su defecto una exponente de la alta cultura. En los asuntos del corazón, la cosa no estaba dicha pero atravesaba el aire con un absolutismo brutal que nadie osaba contradecir. No era necesario afirmar que la muñequita de cara endiablada, más parecida a un personaje salido de la siniestra mano de E.T.A. Hoffmann o a las cabezonas de Mark Ryden, daba por hecho que cumpliría la profecía. Y cómo no consentir a raja tabla, luego de vivir en franca adoración con el sujeto de la fascinación, mi abuelito querido.
Sólo tuve ojos para él. Todos los viernes y desde mi más tierna infancia, me llevaban caminando esas pocas cuadras hasta su casa. Ahí supe lo que era la felicidad absoluta. Con mi cuerpito pequeño y mi cabeza gigante, arribaba munida del bolso de fin de semana. Llegaba la noche y ya con el camisón repleto de alforzas, me introducían en la cama del abuelazgo para que viera lo que se me antojara por televisión. Ellos recibían amistades de la medicina y la alta intelligentzia. Pero todos querían venir a besar a la princesa en ejercicio. Yo recibía chocolates, besos y adoraciones. Y así fui construyendo mi identidad, a prueba de obstáculos habidos y por haber.
Los sábados, mi adorado abuelo me despertaba a las 6 de la mañana, me vestía y peinaba, y partíamos rumbo a los hospitales. Allí, todas las enfermeras, asistentes y médicos, me rendían pleitesía. Y él, con mi manita entre la suya grande. Nos internábamos en el laboratorio, y me enseñaba a hacer los preparados para luego observarlos a través de su microscopio. Así aprendí a observar con curiosidad en alza, el universo todo. Terminábamos la faena y volvíamos a su casa, donde nos esperaba mi abuela con un almuerzo de reyes: jamones varios, tomates frescos, pollo con papas y batatas, y de postre la especialidad de ella, el flan de coco, manjar que nunca más pude disfrutar. Tragábamos la última cucharada y partíamos, él y yo, hacia el cine Cosmos. Me compraba monedas de chocolate y así me introdujo en el cine ruso adulto, que cada vez que vuelvo a ver, lloro sin poder ni querer evitarlo. Él, el hombre más hermoso jamás visto, con sus ojos azul transparente y sus bigotes renegridos, y yo, una enana de seis años con el pelo largo hasta la cintura.
Y llegaron los tiempos adolescentes. Y la excitación de la hormona. La apuesta era que la nena departiera con jóvenes, hijos de la cultura judía local. Lo mínimo era que yo me pusiera de novia con algún Bareinboim o en su defecto, un científico probo. Pero no. La tragedia sucedió. Mi abuelo murió a los pocos años. Y no pude tolerar su más alta traición. Me dejó, me abandonó justo cuando yo soñaba con cumplir mis sueños. Todavía me faltaba viajar con él, conversar con él. Pero se fue y no volvió.
Esa teen de redondeces de alto impacto que supe ser, tomó la decisión de hacer pésimas elecciones amorosas para vengarse.
El tiempo transcurrió y no hice otra cosa que elegir a los peores exponentes de la masculinidad. Tarados, imberbes, cobardes, iletrados, pusilánimes, excedidos. Un cóctel letal de adjetivos, perfectos para mi filo de malicia. Así y hasta hoy, me dediqué a destrozar a cuanto ejemplar se me pusiera entre las garras. Total, ninguno lograría emular la inteligencia, hombría, valentía, belleza, bonhomía de mi abuelo amado.
Hasta que una noche de insomnio decidí que debía cambiar de estrategia. Los imbéciles no aparecían porque sí. Yo los llamaba a los gritos, sólo para después tener carne propicia para destrozar.
Sigo escuchando su voz que me habla sólo a mí, imagino conversaciones eternas, y cuando me hablan de él, mis ojos se llenan de agua. Sé que el día está por llegar –y más cercano de lo que imagino- que aquel hombre “normal” me guste, me seduzca, me apriete en un abrazo, sólo para salvarme del mal. Los canallas serán historia, materia para el relato cuando me transformo en Scherezade. Y nada más.

domingo 5 de abril de 2009

Baby Trash ilustrada por Mariano Lucano


Y mi nariz no dejaba de expulsar sangre. Mucha sangre. Mis dedos refriegan ese líquido bordó alrededor de las fosas nasales. Me sueno la nariz y el pañuelo se tiñe de manchas infantiles. El papel higiénico me confirma que esa era la única manera que él podía salírseme de adentro. ¿Podría? Y mientras ese fluido que demuestra que uno está vivo, o a punto de morir si termina en derrame perpetuo, las lágrimas inundan mis ojos. Lloro; y no ceso. Pero como nunca. El acto es puro reflejo. No noto la experiencia misma de la voluntad del llanto. El agua con gusto a lágrima cae a raudales, casi sin darme cuenta. Pero me doy. Mocos, sangre y llanto, todo para desfigurar la felicidad que había creído conseguir días atrás, horas atrás, minutos atrás…
Las palabras comienzan a perder sentido, sustancia, literalidad. Mi pensamiento abstracto, tan caro a mí y a mi entorno, pierde suculencia. Mi brillantez mental se derrite como por arte de magia. Soy chiquita otra vez, diminuta, frágil, vulnerable, con ansias suicidas. La cifra del desamor. Y las promesas recurrentes de no caer nunca más en mano del enemigo masculino. Sin embargo, no es ese el sujeto de la enemistad, lo sé. Soy yo quien omite, dimite, oprime, deprime. ¿Por qué no había hecho caso a mis intuiciones más primarias, a la pulsión de la muerte? Lo había sabido desde el minuto uno. Él no era para mí. Sabía que entraba en el camino de la sangre. Pero creí que podría, que podía ser lo suficientemente poderosa como para chupar mi detritus. ¡Cuánta impunidad e ignorancia!
Y el resfrío, claro síntoma del dolor, devino en falta de voz. Y sangre, siempre sangre. Tal vez esta fuera la única forma de sacármelo de encima. Pero él vuelve y vuelve. El eterno retorno sin mi adorado Nietzsche. Textos circulares que se repiten en un sinfín de palabras denigratorias. El lenguaje no existe para estos menesteres. Debiera ser usado con la hidalguía que se merece. Pero entre él y yo, todo se transforma en una batalla ruin. Él, para mostrarme su poder del falo sobre mi piel suave y caliente. Y yo, para demostrarle mi superioridad intelectual. Qué asco. Me miro al espejo y parezco otra vez esa niñita de ocho años. Sin las trenzas pero con esa misma textualidad corporal. Y esos mismos ojos entristecidos y eternos. Hago esfuerzos inconmensurables para que mi mirada refleje algo. No puedo. Ojos muertos, nada para ver, opacidad toda.
Y él traslada su vehemencia masculina a través de sus textos infames. “Todo lo que aprendí de vos”, “fuiste un gran impulso”, “ojala sea lo que vos ves de mi”. No contento con haberse tragado toda mi sangre, insiste con el estilete final. Lo único que había querido era construirse una identidad a partir de mis sintagmas. ¿Seguirás recurriendo a la horadación de mi psiquis para broquelar tu persona perdida? Es que te transformas en ese hombre a partir de mis palabras. Por supuesto intentarás hasta el límite del absurdo que yo repita aquellos mantras para darte la tranquilidad a la que nunca llegarás.
Sólo me queda lamer mis heridas. Tantas, demasiadas. Un cuerpo repleto de sangre coagulada, envuelto en bilis, vómito, residuo.
Ahora solamente ansío mi soledad. Nadie cerca, nadie entiende, nadie puede conmigo. Yo sola, bajo mi cuidado. Un cuidado rapaz, peligroso, en el abismo, al límite más feroz. Escucho las explicaciones que intentan todos a modo de salvataje. Pero me dan náuseas. No me interesan. Lo único que sanaría el interior de mi cuerpo sería que él me llamara, me dijera que me ama, que me cuida, que quiere conmigo… Pero eso no va a suceder.
Mientras tanto, la sangre. Sale de la nariz. Pero también me la trago a medida que baja por mi garganta. Siento que me desangro, que toda la capacidad de amar se me escabulle con ese líquido de vida. Ya no tengo vida, se me murió. Muerta en vida. Ese es mi estado. Camino sin caminar, respiro sin ganas. Por momentos juego a la expiración, dejo de ejecutar el acto reflejo por el cual nos mantenemos vivos. ¿Para qué? Nada tiene sentido sin él cerca. No como, no duermo, no respiro.
La ropa no ciñe mi cuerpo. Se me cae. Quiero acostarme y dormir para siempre. El sueño eterno de los dioses. Irme lejos para no volver. Quiero volverme invisible, taparme con los libros y las hojas escritas. Que alguien se siente a mi lado, me lea, no pregunte, no diga, no opine. Y yo, envuelta en una frazada, sólo una escucha humana de palabras bonitas a mis oídos.
Quiero que mueras y yo detrás tuyo. Te deseo el peor destino que cualquiera pudiera desear. Pero al instante me tiro en esa misma hoguera que te quema. Te quiero muerto pero no lo soporto. Muertos los dos. Por favor. Porque vivos es imposible.
Y vuelvo a mojar mis mejillas. Intento abandonar el llanto pero me resulta imposible. La congoja me embarga. Lloro, lloro, sin parar, para siempre. Mientras viva. Que es como estar muerta.